Cada año, el Black Friday provoca una avalancha de promociones que incitan a comprar rápido y en grandes cantidades. Pero detrás de esta aparente fiesta de las “buenas ofertas”, el impacto ambiental es enorme. La industria textil representa por sí sola alrededor del 10 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (Vert.eco). Y durante el Black Friday, estas emisiones se disparan: en 2022, la jornada de ventas textiles generó 33 012 tCO₂e, es decir, un 72 % más que un día normal (Greenly.earth).
Estas compras masivas también generan un volumen gigantesco de devoluciones, embalajes y entregas adicionales, factores que agravan aún más la huella de carbono (France Attac).
Más preocupante aún: hasta el 80 % de las compras realizadas durante el Black Friday se desecharían tras muy pocos usos, a veces incluso después de uno solo (Population Matters).
Una paradoja: ¿puede el Black Friday ser sostenible?
El propio concepto del Black Friday se basa en precios rebajados y una sobreproducción constante. Los grandes descuentos devalúan el trabajo que hay detrás de una prenda, los materiales utilizados y los saberes artesanales (ReStory Magazine).
También fomentan una lógica de compra impulsiva: comprar porque “es barato” en lugar de porque realmente se necesita. Esta dinámica alimenta un modelo basado en la rapidez, lo desechable, la contaminación, la explotación y el agotamiento de los recursos naturales (Oxfam France).
Incluso cuando marcas responsables participan en el Black Friday, el impacto no desaparece por completo: el transporte, los embalajes y las devoluciones siguen siendo una fuente importante de emisiones (Greenly.earth).
Por qué, aun así, este momento puede tener sentido
Sin embargo, si se consume de manera reflexiva, el Black Friday puede convertirse en una oportunidad positiva.
Se pueden aprovechar los descuentos para acceder a marcas de mayor calidad — prendas que duran en el tiempo, bien diseñadas, fabricadas localmente o en buenas condiciones. Una prenda “barata” que se estropea tras pocos lavados acaba saliendo más cara: comprar ropa poco duradera es comprarla dos veces.
Para las marcas que producen en Europa o de forma ética, el Black Friday puede ser una forma de hacer sus productos más accesibles en un momento concreto del año (Vogue).
El verdadero coste sigue siendo invisible
Incluso con compras más responsables, no hay que olvidar que el propio evento se basa en la sobreconsumición, la sobreproducción y la urgencia de comprar antes de “perder la oferta” (France Attac).
El precio rebajado nunca es neutro: repercute en los materiales, en el planeta y, a veces, en las condiciones de trabajo a lo largo de la cadena de suministro (ReStory Magazine).
Nuestra posición: consumir sí, pero de forma consciente
Si se apuesta por marcas locales, transparentes, fabricadas en Europa o en buenas condiciones, el Black Friday puede ser un momento para comprar menos, pero mejor.
Lo importante es mantenerse exigente: elegir prendas que se usarán durante mucho tiempo, priorizar la calidad frente a la cantidad, evitar la compra impulsiva y rechazar la lógica de lo desechable.
En resumen: sí a un Black Friday reflexivo, no a la frenesí.